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La vaca y la yegua preñá

Por: Melvin Rivera Velázquez el 27 Enero , 2008 1 comentario

Durante la pasadas vacaciones navideñas decidí viajar a mi patria Puerto Rico y desconectarme totalmente de las tareas diarias. Dediqué mi tiempo a gozar las amistades, la playa y a realizar tareas de investigación histórica que es otra de mis pasiones. (¡Si ya sé, no cambio…!)

Uno de mis objetivos en estas vacaciones fue avanzar en la creación de mi árbol genealógico. Así que mientras visitaba mi familia confirmaba datos que desde hace un tiempo estaba archivando. Pero, como yo descanso haciendo cosas diferentes a las que hago diariamente, dediqué unos pocos días a investigar en los archivos del municipio y de la Iglesia Católica y en el Archivo General de Puerto Rico en el Viejo San Juan. Como resultado mi árbol genealógico alcanzó la quinta generación, descubrí quien fue mi tatarabuelo y logré ver por primera vez su testamento escrito en 1894.

La herencia que el pensó que dejaba
Testamento de mi tataraabueloDon Eugenio Guadalupe, original del pueblo de Guayama en el sur de Puerto Rico, fue un pequeño agricultor que no sabía leer ni escribir, pero que era muy respetado en la comunidad. Fue miembro de la Junta Municipal de Santa Isabel en 1874 y tuvo tres hijas Monserrate, Estevanía y Agustina, la madre de mi abuelo Santiago Velázquez.

El revelador testamento, escrito a mano con la elegancia de los escribientes de la época, está en muy buenas condiciones. Hoy día a los que escriben así le llamamos especialistas en el arte de la caligrafía. Aunque el papel se tornó amarillo y la letra es difícil de entender pude descifrarlo. Para saber lo que decía lo escaneé y ya como un PDF le aumenté el tamaño de la letra para poder leerlo mejor. Luego lo tipografíé para compartirlo con mi familia.

Mientras hacía esta tarea, pensaba como habría reaccionado mi tatarabuelo si alguien le hubiese dicho que dentro de cien años un curioso tataranieto con una extraña máquina que produce letras e imágenes iba a leerlo y publicarlo en otra cosa indescriptible que llaman la Internet.

En su lecho de enfermo, a los 74 años de edad, sospechando que la muerte lo llamaba, Don Eugenio mandó a buscar a sus amigos, Don José Anselmi, Rafael Anselmi (farmaceúticos) y representando al alcalde Ovidio Colón estuvo Cleobulino Colón para que fueran sus testigos.

A su esposa María Mateo “en gratitud y cariño que le profeso, por sus buenos servicios y cuidados desde nuestro casamiento”, dijo Don Eugenio, le dejó la casa de madera y techada de tejamaní (material con el cual se construían algunos techos), con todos los muebles y sus enseres. El resto de los bienes por partes iguales los dejó a sus tres hijas “para que los disfruten a su voluntad con la bendición de Dios y la mía.” dice el testamento.

Pero las seis cuerdas de terreno que poseía no era lo único valioso que a su juicio poseía. Teodoro Guadalupe, un familiar le debía 18 pesos de una yegua que le había vendido. En la playa tenía un yola que usaba para pescar y por último tenía una yegua y una vaca preñá.

Ante tal descubrimiento, le pregunté a mis familiares que visité “¿Quién quiere la yegua y la vaca preñá?”, pero nadie se interesó por esta parte de la herencia.

vaca.jpgEn esa época tener una yegua y una vaca era muy importante. En mi familia se quedó la tradición de tener vacas como inversión. Cuando me bautizaron en la Iglesia Católica, mi padrino le regaló a mis padres un becerrito para el “ahijado cuando crezca”.

El becerrito se convirtió en vaca, dio a luz varias veces y sus descendientes se reprodujeron por muchos años en mi familia. El nacimiento de un becerrito era todo un acontecimiento en el barrio. Cuando me querían persuadir para buscar la vaca al final del día, en la finca donde pastaba, me decían “Ve a buscar tu vaca” (enfatizando el TU). Iba a regañadientes y muchas veces le reclamé a la vaca que yo hubiese preferido una bicicleta. La vaca me miraba con cara de “¡Qué culpa tengo yo de no tener ruedas!”

En el tiempo de mi tatarabuelo tener animales era más que eso. En un ambiente de pobreza como el que les rodeaba tener un caballo era como tener un carro del año y tener una vaca era tener una pensión y seguridad para la familia en el futuro porque las vacas se reproducían y se vendían muy bien. Tener un cerdito era símbolo de una “feliz navidad”. En mi casa siempre se criaba un lechoncito. Este terminaba sus días en una nochebuena asado en una vara a fuego lento con leña, desde temprano en la madrugada. El lechoncito asado luego se repartía entre todo los vecinos con atención especial a los más ancianos y los más pobres. Por eso, los lechoncitos gozaban de más simpatías en el vecindario que las vacas.

La herencia que realmente dejó
La casa que dejó.Al leer y tratar de entender el testamento me quedé pensando en lo poco que dura lo que tenemos. De las cosas que Don Eugenio valoraba solo quedan las seis cuerdas de terreno inscritas a nombre de la Sucesión Guadalupe Mateo. De esa propiedad la mayoría de los herederos de quinta y sexta generación recibiremos muy poco. Esto es así, porque los descendientes de dos de las hermanas (una de las tres no tuvo hijos) se cuentan por docenas. La casa ha desaparecido, solo queda una escalera de mampostería. La deuda que le debían nadie sabe quién la cobró o si el familiar la pagó. La yola ya no está en la playa. Desconocemos los resultados de los partos de la vaca y la yegua preñá y tampoco conocemos sus descendientes para tratarlos como parte de la familia.

De toda una vida de trabajo la herencia real que mi tatarabuelo Don Eugenio Guadalupe nos dejó, fue el testimonio de un hombre bueno y trabajador que vivió una vida respetable. Un hombre que le sirvió a los demás y formó a sus hijas con principios y valores y estas los pasaron a sus descendientes y todavía en los siglos posteriores podemos identificarnos con ellos.

Esto me recuerda la historia del hombre rico que se encontró con Jesús. En su afán por saber el método para estar con el Padre le preguntó a Jesús ¿Qué debo hacer para entrar en el Reino de los cielos? Jesús le contestó vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. ¿Cómo? El hombre no esperaba esta respuesta y posiblemente vio que eso era lo más difícil que le podían pedir. ¿Desprenderme de lo que poseo? ¿De lo que me ha costado tanto conseguir? ¿No habrá otra manera?

Cuán difícil es separarnos de lo que consideramos valioso. Cuán ignorantes somos al no darnos cuenta que lo que tenemos va a desaparecer y lo único que recordarán nuestros descendientes o el pueblo al que le servimos como líderes cristianos, no serán los sermones que predicamos, la casa en la que vivimos, el carro de lujo que tenemos o los Rolex que exhibimos, sino la vida que vivimos y los valores que practicamos. ¿Cuando aprenderemos que Dios valoriza la prosperidad de una manera diferente a como nosotros la interpretamos?

Escrito el sábado 24 de enero de 2008 en el vuelo de American Airlines #133 de Londres a Miami.

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Un comentario para “La vaca y la yegua preñá”

  1. Miguel Otero on: 3 Febrero 2008 at 11:39 pm

    Gracias, Melvin.
    Tus palabras me han refrescado en medio de una crisis financiera severa, que me han hecho alzar mis ojos a los montes para buscar el socorro de Jehová.
    Tienes razón… Al final de nuestros días podremos dejar un legado de trascendencia a nuestros hijos, nietos… si tan solo caminamos cerquita de Jesús y les mostramos que en el mundo no hay nada mejor que seguirlo a El.
    Shalom desde Guadalajara, Jalisco, México!

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