Querida tía Eda

¡No sabes la alegría que recibí cuando fui a visitarte a Puerto Rico hace unas semanas con mis hijas, Arimel y Aracely! Percibí en tu rostro la alegría de ver mis hijas realizadas y nuestra familia superándose.
Me acordé de lo pobre que viviste. Mi abuela (tu mamá) no tenía muchas letras (como decían en esa época en Puerto Rico para no ofender). Tu padre murió cuando eras niña y creciste trabajando de costurera para sostener a tus hermanos menores, entre ellos, a mi padre.
Hace muchos años, en nuestra familia llegar a octavo grado era un logro. La pobreza los obligaba a abandonar la escuela y a trabajar para comer algo. Tú te resististe a ser como los demás. Eras una adolescente, trabajabas por obligación, pero tu sueño era otro.
Te casaste con un joven militar, que luego se convirtió en contador, que te amó y te apoyó en tus sueños. Te hiciste maestra de profesión y vocación, y eso me alegró, hasta que fui tu estudiante.
El primer día de clases, en mi clase de español, en el primer año de escuela superior, le dijiste a mis compañeros: “Melvin es mi sobrino y tendrá que trabajar el doble para sacar una buena nota”. No lo entendí porque siempre creí que me querías. Era tu sobrino favorito (por lo menos eso pensaba, hasta ese momento). Con el tiempo supe lo que querías decir. Tu ética te impedía regalarme una nota. Querías que todos se superaran, particularmente yo. Sabías que veníamos de una familia de escasos recursos y que sólo la formación podría sacarnos de la ignorancia y la pobreza. Tú fuiste la primera en superarte y querías que yo siguiera tu ejemplo.
Recuerdo que cuando decidiste hacer tu maestría en educación yo era un adolescente y me pediste que te acompañara todos los sábados en tu viaje a la universidad. La misma quedaba a dos horas de distancia de nuestro pueblo y por más de un año madrugué para acompañarte en esa travesía. (¡No sé que compañía te hacía porque siempre iba durmiendo!) Al llegar a la ciudad donde estaba la universidad (San Germán, la ciudad más antigua en el oeste de Puerto Rico) me dedicaba, mientras tú ibas a clases todo el día, a recorrer este pueblo de lomas y colinas. No puedo negar que valió la pena “ir a la universidad a tan temprana edad” (¡Siempre tenías atenciones conmigo y me hacías buenos regalos!)
En Semana Santa y Navidad, como no tenías hijos, me invitabas a quedarme en tu casa. Me llevabas a la Iglesia Católica, a la misa. Querías que yo tuviera “temor” de Dios . Quizás fuiste la influencia que un día me llevó a hacerme monaguillo y luego sacristán de la iglesia en mi pequeño pueblo.
Tía, fuiste y eres un ser excepcional. Tu madre a la que cuidabas y protegías (mi abuela) era mulata y pobre. Si mis hijos la hubieran conocido dirían que era una abuela “cool”. Como estaba ancianita y vivía sola, me obligaban a quedarme con ella para acompañarla. La abuela “Filomena” era “única”, le gustaban los programas de televisión de lucha libre y su gran amiga “Simona”, una descendiente de esclavos, era la bailadora de “bomba” del pueblo (baile de los descendientes de esclavos en Puerto Rico). Las dos viejitas eran unas pícaras y se pasaban jugando “brisca” y haciendo chistes subidos de tono (Tú nunca te enteraste de esto, hasta hoy, sino la hubieras regañado) mientras supuestamente yo las cuidaba.
Te admiro tía porque fuiste un ejemplo para mí. Te criaste sin padre porque falleció cuando eras niña. Desde pequeña te resististe a ser una desgraciada como los demás.
Perseveraste sobre tu ambiente y lo que algunos llaman el destino. Decidiste ser feliz y lograr tus deseos. Amabas y amas a Dios sobre todas las cosas. Jamás abandonaste la escuela mientras ayudabas a tu madre viuda. En mi familia no se conocía la palabra universidad, pero tú tuviste la visión de lograr tus sueños y te atreviste, a pesar de la pobreza y de ya estar casada. Estudiaste tu licenciatura y maestría, y te graduaste con honores. Mientras los demás vivían una vida normal, tú luchabas por superarte. Viviste y vives como si en el mundo nada fuera imposible.
El día que te dijeron que jamás podrías tener hijos, me convertí en tu hijo. En mis vacaciones escolares y en semana santa irme a pasar unos días contigo era mi placer. Me llevabas a la iglesia, me enseñabas modales (tía, lamento que algunos no los aprendí muy bien) me enseñabas todo lo que hubieras querido que un hijo aprendiera. (¡Que privilegio tuve al tener más de una madre!)
Todavía recuerdo mis visitas a la misa de gallo o a la misa del 24 de diciembre. Tu influencia me llevó a ser monaguillo y sacristán y ¿Por qué no? Sembró en mí el amor a Dios que luego desarrollé cuando tuve una experiencia personal con él.
Enfrentaste con valor la frustración de no poder dar vida. Adoptaste a una niña que fue el centro de tu existencia. Cuando falleció en sus años de juventud pensé que el mundo se te derrumbaría, pero sobreviviste.
Cuando miro atrás y veo tu influencia en mi vida no puedo negar que tuviste que ver mucho en mi espíritu de perseverancia, deseo de aprender y superación. Todo indicaba que estabas destinada a ser una fracasada. Eras pobre, huérfana, hija de una madre negra y con poca educación.
Tía, eres un ser único. Tienes más de ochenta años, eres brillante, amorosa y te debo muchas cosas. Hoy estás en tu casa, solita, con tu esposo retirado. Te amo y aunque no tuviste hijos te debo lo que ahora soy. Contigo he aprendido que no hay que tener hijos para ser bendición e influenciar en los demás. Que ser pobre no es ser fracasado, si nos proponemos usar lo que Dios nos da para superarnos.
Gracias por darme la capacidad para reconocer que Dios controla nuestras sueños. Gracias por darme el entusiasmo para superarme y decir que no hay imposibles si creemos en Dios.
Tu sobrino que te quiere,
Melvin
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