En noviembre de 2005, me di cuenta que el mantenimiento de mi salud era un desastre. Llegué a la conclusión que el cuerpo que debía ser templo del Espíritu Santo se había convertido en catedral, y sino cambiaba mis hábitos se convertiría en basílica.
Pero lo peor era que estaba constantemente fatigado y cansado. En la mañana, caminar del estacionamiento al edificio de mi antigua oficina me agotaba y empezaba el día cansado. Algunas veces carecía de concentración, algo que nunca me había pasado y, muchas veces, la ansiedad me controlaba.
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Las emociones a veces son buenas consejeras, y otras veces nos conducen a resultados desastrosos. Pero no son siempre malas asesoras. Lo importante es reconocer como nos sentimos al tomar una decisión, porque el comportamiento podría estar dirigido por ellas.
En las décadas pasadas el término evangélico identificaba a los que tenían puntos de vista conservadores sobre la política, la economía y la moral bíblica.



